A Baum siempre le había resultado molesto el campo y todo lo que implicaba: Las garrapatas y las arañas; los mapaches, muy monos pero transmisores de la rabia; las hiedras venenosas; el sonido de los grillos y las cigarras.
No le gustaba nada estar aislado, ni el silencio fantasmal, ni la oscuridad de la noche. De acuerdo, experimentar en la vida real un paisaje de Constable te deja boquiabierto, pero solo durante unos seis minutos. Estaba bien para un rato, pero después de los ooh y los aah, había que volver a la civilización. Librerías, tiendas de discos, salas de cine. Le encantaban aunque casi todas habían desaparecido.
Pero, en serio, ¿a quién le va eso de vivir en un sitio donde tienes que ir con la linterna para dar un paseo después de cenar? Vale, las estrellas, libres de las luces de Broadway, eran dignas de admiración, con ese brillo en la infinita inmensidad, pero a Baum le causaban espanto. Esas abrasadoras esferas de gas caliente, tan enormes, tan lejanas. Madre de Dios, pensar en esas cifras, todo medido en años luz. Y todo ese descomunal megillah de pedruscos gigantescos que se desplazan a lo loco de forma violenta. ¿Qué es lo que pasa allí arriba? Ya puedes encomendarte a las estrellas, que nunca te concederán el más mínimo deseo, por pequeño que sea.
¿Qué pasa con Baum?
Woody Allen


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